El método colorista de construir relatos y el discurso, múltiple, reflexivo, grave y otras veces divertido de Rosa Muñoz, no dejan indiferente a nadie. Puede que se deba a su pasión por la escenificación, o por su talento para la retórica, la elaborada puesta en escena fotográfica y el minucioso tratamiento de edición posterior. Cualidades éstas que ya estaban presentes desde su primer serie, Casas (1992-93), o en las siguientes El Bosque Habitado (2009-12) y Paisajes del futuro (2009-12), donde la obsesión por el concepto del tiempo pasa hacerse más grandilocuente y rotunda hasta evolucionar y madurar con la última, Estratos del tiempo (2014).

El tiempo es el denominador común de mi trabajo y de mi trayectoria.

Sin memoria no hay historia y la memoria construida por Muñoz, traducida en codificaciones oníricas, urbanas o de la decrepitud, hay que verla de cerca, a tamaño real, para sentir sus volúmenes y precisión, la fuerza de los colores y la intensidad de los contrastes. Para creer en el engaño, y luego, en el desengaño. Nada está garantizado. Quizá por esa expresiva solidez formal, que pasa de la quietud y la suspensión a la explosión y la destrucción, los objetos de sus historias han acabado deseando más y ansiando salir del plano, de las dos dimensiones; son las obras bautizadas por el crítico de arte Francisco Carpio como “esculto-fotografías”.

Tiene el trabajo de Muñoz algo de arqueología y reconstrucción de nuestra modernidad, también de deuda, de duelo por nuestra cultura visual, o si no, de salvación y reaprovechamiento de aquello que era considerado desperdicio, prescindible, pero que, sin embargo, para ella resulta revelador y una pieza clave para (re)establecer su relación con el pasado.

Rosa Muñoz