Patricia Mateo construye desde el óleo un estilo cuya principal fuente de inspiración  es el arte mismo, la Historia del Arte no solo vista, o revisitada, sino participada desde nuestra vida cotidiana, no exenta de humor –o de ironía-, algo tal vez imprescindible para soportar los rigores del estrés de nuestra cotidianidad. Tampoco falta un punto de crítica, posiblemente también necesaria para mantener en el mundo que vivimos cierta coherencia moral. Así nacen sus remakes de las grandes obras del Renacimiento, el Barroco, la Pintura Flamenca, el Clasicismo francés o el Realismo estadounidense.

Las naturalezas de López Moral, invitan al paseo romántico, al silogismo filosófico, al placer melancólico de los paraísos perdidos. No engañan, aunque generen sueños; no sufren, aunque lloren en silencio el peso del olvido. La metáfora del paisaje tan evidente en él, adquiere una especialísima expresión en la metonimia, siendo capaz de desvelar la perfecta sencillez de lo pequeño: -una raíz, un ramajo- alcanzando en el resultado el magnificente protagonismo de todo un bosque de la pintura inglesa o americana del XIX.

Reincidiendo en lo exponencial, son dos personalidades, cuatro manos, y tal vez más de ocho recursos tecnológicos e intelectuales distintos, en cuya amalgama hay cabida, incluso en estos tiempos que corren, para el atrevimiento, la investigación, y la innovación.

No obstante, la improvisación o el de cualquier manera, están muy lejos de este espacio íntimo y creativo en que López Moral y Mateo conciben su obra, tanto en la forma como en el fondo. Bajo todo ello destaca el poso de los dos artistas, que como el de un buen vino; se conforman los sucesivos sedimentos que les acompañan: el de la experiencia vital, el del amor al arte, el del talento, y el conocimiento de su profesión.

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